Y volví a caer, séptima cita

Parecía que todo se había apagado. Pero era cierto que estaba enfermo. Tuvo fiebre, y entrevistas de trabajo, y trabajo. Millones de excusas, que siendo ciertas, y no teniendo una relación, explicaban el por qué de su silencio. Después de aquel miércoles que me preguntó cómo estaba, me escribió de nuevo para quedar ese mismo sábado. Pero yo tenía visita de un amigo de mi hermano, y estaba con mucha gente. Le propuse que se uniera, pero no se animó.

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“Pa’que” preguntas, si no vas a venir.

Lo invité a cenar a casa el lunes y aceptó. Ese mismo mediodía, me escribió para decirme que seguía enfermo, y que no vendría. Le deseé una pronta recuperación y pasé de él.

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No, no me sentó mal, no

Hasta que de nuevo, llega miércoles y me vuelve a preguntar que cómo me va. Hablamos de nuevo. Y el viernes por la mañana me vuelve a escribir, que si tengo todo mi finde ocupado. Le digo que ese viernes salgo a las 22h de mi voluntariado. Entonces él me dice que me preparará la cena, que vaya a su casa. Y así ocurre, prepara un plato de zürcher gschnezelts. Cenamos, y hablamos. Suena la banda sonora de Sons of Anarchy.

Hablamos horas hasta que se nos hacen las tantas, de todo: de religión, de política, de feminismo, de trabajo, de la playa, de Belgrado. Goran, que no se llama así en realidad, baila conmigo en su cocina. Abrazados, como dos bobos, medio piripis, excitados, embelesados, suena jazz de fondo.

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Nos acostamos, horas, indescriptible. Sexo a dentelladas, a besos, a lametazos, tantos días sin tocarnos, ni olernos. Aunque me parecieron minutos. Y metí la pata. Le dije que él no era sólo sexo para mí, que significaba algo más. Por la forma en la que me abrazaba y me besaba toda la noche, pensé que él también sentía algo parecido. Pero dijo esas puñeteras palabras, las mismas que usé yo con aquel jovencito acosador, al que yo no quería: “ahora mismo no quiero una relación” (du magst mich sehr, sonst hätte ich keinen Sex mit dir gehabt, du bist total… es ist nur,.., ich will jetzt keine Beziehung).

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¡Sheisse!!!, ¿cómo? ¿Pero y yo?, ¿quiero yo una relación con un tío con el que me llevo tantos años? No he dormido ni una hora, por eso quizás no he parado de rayarme y necesito escuchar a Morente con el volumen a toda pastilla mientras limpio la casa o escribo esta entrada, para no pensar en él.

 

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6 citas (II)

Hasta la tercera cita incluida, todo había sido increíble. Yo estaba flotando en una nube, y claro, del anterior jovencito ni me acordaba, pero él si se acordaba de mí. Y esa misma semana me mandó una captura de sus vuelos, para venir a verme en mi cumpleaños. Y yo fui de nuevo cruel con él y le dije que no lo vería, que no sentía nada por él.

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Pero yo sólo tenía cabeza para Goran. Ese mismo lunes lo invité a venir a cenar a casa el martes. Le iba a cocinar pescado para nuestra cuarta cita. Dijo que sí, pero que no podía quedarse a dormir, porque el miércoles tenía una revisión médica (hace unos meses tuvo un accidente de moto y se fastidió el hombro). Mi compañero de piso ese día llegaría más tarde, así que tenía la casa durante unas horas para nosotros solos y de paso, cuando él llegara para que viera si era un buen tipo, o yo estaba equivocada.

Cociné patatas asadas, calamares, mejillones y filetes de pescado. Hablamos, bebimos, fumó en la terraza, nos desnudamos y tuvimos postre. Y llegó la hora de marcharse, y me parecía todo tan romántico, tan genial, tan dulce, que mi cara de boba me duró unos días.

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Durante la cena nos contamos un poco por encima los planes del fin de semana, y él tenía ganas de salir con sus amigos, y no íbamos a coincidir.

Pasó ese miércoles, el jueves, el viernes, el sábado y no le escribí hasta el domingo. Le pregunté por su revisión médica, respondió parco que todo bien. Lo invité a venirse conmigo al concierto de Kasabian, y me dijo que no le gustaba mucho el grupo, que mejor en otra ocasión. Bluffff.

Una amiga me dijo que con los suizos somos nosotras las que tenemos que tomar la iniciativa, y vaya si la estaba tomando. Tragándome mi orgullo, y persiguiendo a Goran. Le volví a escribir y le pregunté si tenía tiempo de tomar una cerveza el miércoles o el viernes. Contestó que tanto miércoles como viernes. Así que por fin, puso él la hora y la fecha para nuestra quinta cita. El lugar lo elegí yo. Miércoles a las 20h en Damm fur dich. Hacía frío, otra vez volvió a ser tímido. Parecía un amigo más. Hablábamos, reíamos y nos entró hambre. Fuimos a la Langstrasse a cenar salchichas, y me invitó a dormir en su casa. Para mí fue genial, de nuevo. Me estaba pillando. Poniendo el tela de juicio todos mis planteamientos, el “no quiero nada serio”, el “tenemos una gran diferencia de edad”, sólo quería verlo más.

Fue el primero en felicitarme mi cumpleaños aquel jueves, el segundo fue mi ex. Y me fui para casa, y flotando como estaba, abrí una carta del buzón a mi nombre, ¡qué raro!, sin remitente, sin sello, ni nada. La leí. Era él, el joven. En esa carta directamente se desahogaba: primero me hacía chantaje emocional, luego escribía como un acosador, para pasar a ser romántico (pero yo no sentía lo mismo), y acabar con querer intentarlo. He de decir que me daba muy mal rollo. Puede que esas dos semanas que estuviera con él no me diera cuenta, pero era muy intenso, demasiado. No me dejaba ni a sol ni a sombra. De menuda me había librado, era en lo único en lo que podía pensar, eso, y una mezcla de lástima, que es lo peor que se puede sentir por alguien.

El viernes, como se quedó sin batería Goran me llamó, porque me había prometido una cena para mi cumpleaños. Más o menos la conversación fue algo así:

  • Oye, que no te he podido contestar al whatsapp, porque me he quedado sin batería.
  • Ah, vale, sin problemas – (mentira, estoy que me subo por las paredes)
  • Que mira, que lo que te había prometido de hacerte los späzli con zürcher gschnezelts (es un platazo que me encanta), que no he podido ir a comprarlo, ni prepararlo ni nada…
  • Está bien, no te preocupes, ya quedamos otro día (pisa el freno, desatada, que te adelantas).
  • No, a ver, que tú tienes que cenar igual, ¿no?, ¿o te mueres de hambre? Es que aún tengo una entrevista telefónica que hacer, y aún tardaré, pero puedo improvisar unas patatas, espinacas, algo así. Ya sé que no es un menú de cumpleaños, pero créeme, llevo un día de mierda.

Así que le dí un par de horas y me acerqué a su casa. Me puse guapísima. Allí estaba él, triste, agobiado, cocinando. Se marchó a la ducha, en la casa estaban sus dos compañeros de piso, rondando. Cenamos, hablamos, fumó más que nunca. Escuchamos Black Rebel Motorcycle Club.

Me dijo que si podía venir a mi cumpleaños, o si yo no quería. Le dije, que sí, claro, que viniera a tomar una cerveza, por supuesto. Se lió un canuto, seguía cabizbajo, me acerqué y lo besé en la cabeza. Le hice un masaje en los hombros. Dijo que yo era lo mejor que le había pasado en el día, pero que no podía tener sexo. Hoy no. ¿Pero esto qué es?, ¿Pero no éramos sólo unos follamigos?, ¿a ver si ahora sólo vamos a ser personas que se apoyan, que se miman, que se miran y comparten su penas?, ¿a dónde vamos a ir a parar?. Yo estaba cansada, y él estaba triste, decía que quería salir de fiesta. Dijo que nos veríamos el sábado. Yo me fui con la cabeza hecha un lío, y mi deseo contenido.

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Pero el sábado no vino. Me escribió: que había salido hasta las tantas y que tenía el concierto de unos amigos. Pasó el domingo, el lunes, el puñetero martes y cuando lo iba a mandar a la mierda (por si no os habíais fijado, me dijo que era lo más bonito que le había pasado en el día, pero no me lo estaba demostrando) va y me escribe el miércoles, que cómo me iba.

En fin, yo tenía que ser fuerte y mantenerme dura y fría. Según un amigo, me escribe ahora porque tiene ganas de meterla, vamos, por un calentón. Pero le contesté, como una bobalicona: que si el finde me lo había pasado muy bien, y le pregunté cómo estaba. Me ha dicho que estaba mal en el curro y que ha pillado un resfriado. Sí, vaya. Pero no ha propuesto una cita, ni se le ve interesado. ¿Se ha apagado ya todo?, ¿tengo que seguir quedando con otros tinderianos, cuándo sólo me apetece verlo a él?, ¿le toca a él escribir?, ¿por qué todo es tan complicado?

 

6 citas (I)

El pasado jueves cumplí 37 años, y delante del espejo vi nuevas arrugas y en mi cabello descubrí tres canas. Dos son nuevas. Me gustan las canas pero hasta ahora se resistían a aparecer. ¿Significa que me estoy haciendo más inteligente, más sabia ahora?, ¿entonces por qué le doy tanto a la cabeza?

Hace unos días escribía que se está genial estando sola, y ahora siento que me tengo que plantear demasiadas cosas y le doy vueltas a todo. Pero os tengo que explicar las cosas por el principio.

La noche antes de irme de vacaciones a España me fui con mis amigos de fiesta. Una combinación de guitarras mexicanas, buenos amigos, vodka mule, vino y mucha cerveza. Mi compañero de piso y yo llegamos perjudicados a casa, pero como no nos podíamos dormir, para entretenernos nos pusimos a mirar en mi Tinder las opciones de tíos y empezó a asesorarme. Así que eligió a este chico, al que llamaremos en nombre clave Goran. Yo jamás lo hubiera escogido, porque ya advertía que fumaba, y de hecho en su foto de perfil aparece fumando. Pero a mi compa el cayó en gracia que estuviera rodeado de soldados clon de la guerra de las galaxias y que pidiera que la chica fuera bebedora de cerveza.

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Hicimos match. Me fui de vacaciones, y a la vuelta le escribí: “¿qué lugar prefieres para ir a tomar una cerveza, a The Beer International Bar, a Amboss Rampe o a ElDorado?” El primero es un lugar piji-caro para expats, el segundo es de ambiente muy zuriqués y elaboran su cerveza propia, y el tercero tiene 101 cervezas distintas a su disposición. Me eligió el tercero y quedamos para ir un miércoles. La idea de quedar con alguien en una primera cita entre semana, es que si no te gusta, puedes huir con la excusa de tener que madrugar al día siguiente.

Llegué al bar ElDorado muy puntual. Me había puesto un vaquero negro, una camiseta gris y un jersey marrón. No me maquillé nada. Iba muy normalita, demasiado incluso para mí. Pensé que el chico no me iba a gustar nada. Llegó y como hacía buena noche, salimos a la calle, así el podía fumar, y a mí no me molestaba. Bebimos la primera birra y no me miraba a los ojos, hablaba mucho, se reía, pero se le notaba muy nervioso. Goran es suizo, pero de origen serbio, aunque ha nacido en Zúrich. Es biólogo y tiene 29 años, y mi alemán es tan cutre, que en esa cita ya se dan los primeros malentendidos. Le digo que estoy haciendo un curso en “Luzern” y lo pronuncio tan mal, que cree que voy al CERN. Se piensa que soy física, jajaja. Le decepciono diciendo que soy secretaria. Lo digo tan pancha, que ni me doy cuenta de que le he mentido: en realidad estoy desempleada. Pero no aclaro el error.

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Seguimos bebiendo, otra cerveza. Sigue sin mirarme a los ojos. Mierda, es este puñetero bar, lo tengo gafado. Nota metal, no volver con una cita a ElDorado. De repente me dice que tiene hambre y que si yo tengo prisa. No la tengo, así que vamos a un puesto callejero y picamos algo, y de ahí a tomar otra ronda de cervezas en el Olé Olé Bar. La música está muy alta, así que para hablar conmigo tiene que acercarse más. Me gusta su olor, y su voz. Seguimos riendo y nos tomamos una cuarta cerveza. Ya no se le ve tan tímido, me acaricia el brazo, con dulzura. Me mira, se ríe, me habla de que soy la segunda persona con la que ha quedado del Tinder. Son las 0h de la noche, y yo tengo que pillar el bus. Me acompaña a la parada, decimos de volver a quedar otro día, llega mi bus, se acerca y me besa. Me quedo con cara de gilipollas y ganas de más. Me subo al bus flotando. Al día siguiente le puse la cabeza como un bombo a mi compa, pobre.

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El viernes me pregunta si quiero ir a cenar a su casa, segunda cita, que iba a cocinar para mí. Como tengo una cena de cumpleaños el sábado y una paella el domingo, le propongo que sea la comida del sábado. Le parece bien. Allí que me planto a las 13:30h. Llevo un vestido precioso, azul con dibujitos y medias azules. Labios pintados. Me ha preparado higadillos y rösti casero (adoro esta comida). Estamos en su cocina, no tiene salón. Está su compañero de piso por allí rondando. Fuma, fuma mucho. Está muy nervioso. Hablamos de todo, me pone música jazz, nos reímos. Y mi alemán es más cutre que nunca, pero se ríe. Son las 16h y tengo que pillar el tren de las 17h para estar a las 18h en Niederlenz. Miro el reloj y digo: mierda, tengo que marcharme. En ese momento Goran se levanta de su silla y me besa. Me besa como si quisiera atrapar el tiempo. Con urgencia. Le digo que tengo que marcharme, pero que podemos vernos esta noche, si él quiere. Pero no tengo ganas de irme. Quiero seguir besándolo y acabamos rodando a su cama. Un polvo urgente, torpe, salvaje, sin saber lo que nos gusta a cada uno. Me visto y me marcho.

Esa misma tarde estoy de cena con muchos amigos, todos me dicen que me ven muy guapa, que este corte de pelo me sienta fenomenal, y yo me muerdo la lengua, porque tengo ganas de contarles a todos lo bien que estoy. Goran me escribe, que lo avise cuando regrese a Zúrich. Y así me recoge a las 23h en HB y nos vamos a tomarnos unas cervezas al Cactus Bar para escuchar un poco de rock. Seguimos hablando como dos horas, hasta que no puedo más y le digo que si vamos a su casa o a la mía. Y vamos, y esta vez fue genial. Me pide que me quede a dormir, pero no dormimos apenas.

 

Siento que no me estoy dejando llevar, que estoy haciendo lo que quiero. Aún así, siento cierto pudor por correr tanto. Se ríe, dice que está siendo una tercera cita genial y que no me marche. Pero he quedado para comer con mis amigos, ya es tarde, lo dejo en su cama.

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Estar muy bien, estando sola

Después de estar 15 años en una relación estable, volver a estar sola no fue nada fácil. La sociedad te presiona para que cumplas los objetivos que se te han impuesto: encontrar otra pareja y poblar la tierra de retoños. Pero eso sólo tiene que pasar si realmente lo deseas, no porque es lo que se espere de ti. Una de las cosas que más me molestan escuchar en esta etapa de mi vida, es: “con lo maja y mona que eres no sé cómo no tienes novio”. ¿Perdona?, tener pareja no es ni de coña un maldito objetivo. Prefiero estar sola que mal acompañada, y no los necesitamos para estar completas.

Es cierto que después de cortar con él, me sentí vacía, con la autoestima por los suelos, fea, gorda, peluda y vieja. Y ¿cómo puede ser que habiendo pasado solamente 9 meses y siendo la misma fea, gorda, peluda y vieja, me siento tan bien, tan radiante, tan segura de mí misma, tan sexy?

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(Gordibuena tiene sus consejos también)

Pues toma nota, que quizás los pequeños pasitos que he dado, te pueden servir si pasas por lo mismo.

  1. Cuidar de mí misma

Ponte en el centro de tu vida y llena tu vida de momentos que te den felicidad, y suelta todo lo que hay negativo a tu alrededor. ¿Te gusta bailar?, ¿a qué esperas?, apúntate a clases de baile (conocerás a gente nueva, y encima es un tipo de deporte). ¿Yoga?, ¿pilates?, ¿correr?. Haciendo actividades que te gusten, te encontrarás mucho más feliz, y todo tiene explicación biológica: el deporte, las actividades al aire libre, producen endorfinas, que es lo que te da la sensación de felicidad y de bienestar.

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En mi caso, caminar por la montaña que hay al lado de casa o por el río, me están dando la vida. 10.000 pasos todos los días son mi objetivo.

2. Quererme un montón

O un mogollón. YO, repito cada día, YO. Yo soy como he dicho arriba lo más importante que tengo. Sólo si estoy bien, podré dar a los demás lo mejor de mí misma: ya sean amigos, familia, compañeros de trabajo.

Repítete lo chula, maja, guapa, extrovertida, inteligente, luchadora, solidaria, vamos, que eres lo más de lo más. Lo eres, no lo dudes.

3. Diviértete mucho

Una de las cosas que siempre me recuerda mi compi de piso es que siempre me tomo las cosas demasiado en serio. Y tiene razón, desde que empiezo a ver las cosas con otra perspectiva, otra actitud, me siento mucho mejor. Mi vida está llena de memes, de risas, de páginas de humor. No me puedo imaginar mi recuperación sin Berto Romero, Broncano, Marta Flich, La Vecina Rubia, Malena Pichot, Patricia Sornosa (y otras muchísimas humoristas feministas).

4. Disfruta de tu tiempo…

… con las personitas que valen la pena: familia, amistades (ayysss, esas amigas), compas de asociación. A ver, que cuando estás “enamorada” sólo te apetece compartir tu tiempo con esa personica que te ha metido unas puñeteras mariposas en el estómago y que te tiene flotando, aysss. Hasta que ese momento de alienación llegue: tíiiiiaa, disfruta de la gente sin tener que pensar en pibes (y cuando llegue, no te olvides de la gente que vale la pena, y que ha estado ahí).

5. Ten mucho sexo

Cómprate algún juguetito para masturbarte, que no te dé palo tocarte a ti misma, es la mejor forma de conocerte. No necesitas a nadie para pasártelo bien con la mejor persona del mundo: tú misma.

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Lee algo erótico, escucha podcast sexis, ve pelis subidas de tono. Si quieres, acuéstate con quien te apetezca (usa siempre protección), aprovecha que eres solteeeeeera. Vive tu sexualidad. No te puedes imaginar cómo tengo ahora mismo mi cutis y como brilla mi pelo, y sin usar cremitas ni champús especiales, jajaja.

BONUS TRACK: come chocolate, jejeje.

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Lo poco gusta, lo mucho cansa

A veces ocurre, que nos dejamos llevar, siguiendo instintos primarios, pero la aventura no sale siempre todo lo bien que una quisiera.

Resulta que hace un mes y medio me lié con un conocido. Tenemos una gran diferencia de edad, pero a mí me pareció en ese momento que era muy maduro. Me lié, pero a lo bestia. Lo invité a mi casa a beber la última cerveza, después de estar de fiesta en el mismo grupo de amigos. Todo ocurrió muy deprisa, y acabamos rodando hasta la cama.

9

Pasamos la noche en vela, y yo ya me hubiera quedado bien con eso. Con que se fuera esa mañana a su casa y ya vernos otro día. Debí de haberme dado cuenta antes, de que eso no iba a suceder. Vamos, que el domingo no se fue de casa ni con agua caliente. Yo en ese momento no me podía quejar, estaba satisfaciendo de golpe toda mi lujuria. Hasta agotarnos, hasta que me dolía cada parte de mi cuerpo. Pensaba en que tener un follamigo, no podía ser algo malo. ¡Error!

El problema de seguir los instintos más básicos es que no escucho a mi cabeza, y lo de friends with benefits o follamigo, no es algo que todo el mundo entienda igual. No pensé en frío que yo sólo lo estaba utilizando para desquitarme, que era a otra persona a la que quería tener allí, y eso no era justo. Pero él se quedó hasta que llegó el lunes y tuvo que irse a trabajar. Y volvió la noche del martes para seguir protagonizando escenas eróticas de 9 semanas y media. Y la noche del miércoles cometí el garrafal error de presentarlo a mis amigos y también se quedó a dormir, y la del jueves a otros amigos nuevos (y que me vieran en público besándonos), y de nuevo en mi casa, ocupando mi espacio, perdiendo totalmente mi intimidad y sin capacidad de raciocinio. Y él se estaba colando. Yo no, yo sólo me dejaba llevar.

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Y llegó el viernes y le dije que no quería verlo el fin de semana, que tenía otros planes: uno de ellos era ver a mi ex en el cumple de una amiga, y por la noche salir toda la tropa y verlo a él, al que realmente me gustaba; el otro plan era recibir la visita de un amigo, con el que no tengo nada, pero no quería dejarlo de lado por un par de polvos.

Ese fin de semana reflexioné muchísimo en cómo cortar lo que fuera que habíamos empezado. Le estaba cogiendo a partes iguales aprecio y cariño, y hasta cierto hastío. No me estaba enamorando de él.

Y llegó el martes de nuevo y quedamos a cenar en mi casa. Yo tenía que decirle lo que sentía, que no quería un novio, una pareja, y que no podíamos seguir así, que yo tengo una vida y no quiero dedicarle cada noche de mi semana a una persona. Y él llegó con una caja de bombones de chocolate diciendo lo muchísimo que me había echado de menos ese fin de semana. Y lloró cuando corté. Aquí debería haberle mandado a su casa, pero me dijo algo que me desarmó totalmente. Que se marchaba del país para estar fuera un año, y que era su última semana. Me dijo que aprovecháramos el tiempo. Y yo como una gilipollas me creí que él había captado que yo no quería nada serio.

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Y pasamos de nuevo una semana encerrados en casa todas las noches. Y llegó la hora de irse. No puedo negar que le había cogido mucho cariño, pero no me había enamorado de él. No puedo saber que hubiera sucedido si hubiéramos llevado otro ritmo y si se hubiese quedado.

La segunda parte de la historia es que él parece que no se ha enterado de lo que significa para mí, por mucho que se lo haya dicho en persona, y por escrito. Que no quiero un puñetero novio.

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Aún así me escribe todos los días, al principio lo hacía a todas horas. Ahora que le contesto de uvas a peras, parece que un poco menos. Incluso dijo que venir a visitarme a España. Ahí me agobié muchísimo. Y yo incluso le avisé de que iba a empezar a quedar con gente en tinder de nuevo… Y sigue escribiéndome mientras yo estoy conociendo a otra personita, que sí me está dejando espacio, que sí me está interesando, que sí me está gustando, pero esa, ya es otra historia…

 

Persiguiendo a un gallego

Os voy a contar lo que me pasó este verano. Fue un episodio cortito, pero frustrante. ¡Uy, lamento hacer spoilers!

Resulta que en mayo de este mismo año conocí a un gallego. Ya sabéis lo mucho que me gustan Gonzo, Iván Ferreiro, Xoel López, Nancho Novo, etc.…

No era ni rematadamente guapo, ni tenía barba, ni tenía buen gusto musical, pero no sé por qué, pero empezó a molarme. Quedábamos como amigos, mientras yo le enseñaba la ciudad. Siempre que llega gente nueva al grupo me preocupo porque se integren en mi ciudad, por mostrarles los rincones chulos, por ayudarles en los trámites. En esta ocasión no podía ser menos, porque sólo era un posible amigo. El tema es que poco a poco me fue interesando cada vez más.

Resulta que de cada dos planes a los que le invitaba, venía sólo a uno. Muchas veces decía que venía y luego me escribía con el “perdona, me he quedado dormido”, o con el “tenía ganas de venir pero se me ha complicado la cosa”. Yo era incapaz de ver la realidad, y me conformaba con que viniera aunque sólo fuera un rato. Mira que mi Sarah y mi Sara me advirtieron sobre su falta de interés por lo que les contaba. Me agradaba mucho su conversación: sabe mucho de política, filosofía y ha vivido en muchos lugares distintos. Pero yo no estaba viendo que en realidad saliendo con este tío me hubiera aburrido un montón (vamos, que era una marmota).

Os pongo un ejemplo: llegó un viernes y le dije de que se viniera a un concierto de afrocumbia con mis amigos, pero él tenía curso de salsa a esa hora. Le propuse que nos viésemos justo después, para una cerveza, pero él se excusó en que tenía clase de alemán el sábado bien temprano y ese sábado por la tarde yo asistiría a una manifestación. Ni yo iba a cambiar mis planes, ni él los suyos. Pero él sugirió que nos encontrásemos antes de mi concierto, y de su salsa. Habíamos quedado sobre las 18h. Bien, pero acabó antes de su trabajo y me llamó para cambiar la hora a las 19h, aunque antes se fue a hacer unos trámites. Pero no apareció. Yo estaba en el río, a la hora a la que habíamos quedado tras posponer nuestra cerveza, y comenzó a llover. Una de esas tormentas increíbles de verano. Yo no estaba sola, porque varios amigos bajaron a disfrutar del río, antes de que llegara el viento y las nubes. Aprovechamos para irnos a cenar a un srilanqués, pero él, pese a que estaba 10 metros al lado de su casa, nunca bajó. Dice que por la lluvia y me llamaría para hacer algo el finde. No me llamó ni ese sábado ni el domingo.

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Pero como estaba ya obsesionada, colada, agilipollada o como me queráis llamar, me telefoneó a la semana siguiente y volví a quedar con él para bajar al río. Y así otra semana después, una cena fantástica por el centro de la ciudad, y ya me había olvidado de que todas las veces que me dejaba tirada. Esa noche hizo algo que fue muy raro. Habíamos bebido unos vinos, más de la cuenta para ser un jueves. Él me había contado sus planes de irse a Madrid unos tres meses a estudiar, y eso no me dolió. Yo sólo quería algo pasajero, ¿o no?. Volvimos a casa en tranvía, pero nuestros caminos se tenían que separar. En la parada de tranvía, él sólo tenía que caminar una calle, pero yo aún tenía que tomar el autobús. Y faltaban 9 minutos para el siguiente. Así que ya nos habíamos despedido, pero le escribí en el whatsapp, y volvió. Ya había llegado a casa, y llevaba en la mano las cartas de su buzón. Pero me acompañó a esperar a mi autobús. No sé si soy la única que sentí que ese era un momento mágico. Estaba muy cerca, y quería besarlo, peeeeeero, no podía hacerlo. Timidez, inseguridad, falta de señales, no lo sé. Llegó mi bus, dos castos besos en las mejillas y se marchó.

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Estaba totalmente colada. Se lo conté a mis amigas y me recomendaron que lo invitara a casa para salir de dudas. Aquí pasaron más cosas raras. Lo avisé el jueves, que él estaba en Madrid, para que viniera a cenar a casa ese viernes. Compré mejillones, buen vino blanco, y cociné mis ricas patatas, ensalada y pensaba invitarlo a la terraza. Mi compañero de piso se fue con su chica y me dejaba todo el piso para mi solita. Pues resulta que lo invité a cenar pero aún no habíamos quedado en una hora, y él ya sabía que venía a casa solo, y que no había más invitados (así se lo hice saber mediante mensajes). Ese mismo día me llamó sobre las 16h, que ya había salido de su examen de alemán, y que como hacían 30 grados, que si nos encontrábamos antes en el río para darnos un chapuzón. Señal número 1: chica, a este tío no le molas, está huyendo del peligro de ir a tu casa.

Allí estaba yo con mi bikini, mi libro, al sol, a las 17h de la tarde. Pero va el gallego y no aparecía. Se hacen las 17h15, 17h30, vuelvo a mirar el reloj y son las 17h31, ayyyys, el tiempo no pasaba. Total que le digo que me marcho ya (eran cerca de las 18h) cuando me avisa de que se había quedado dormido, y que ya venía. Señal inequívoca número 2 de que pasaba de mí, anda que me iba a quedar yo dormida si me gusta alguien.

Como una auténtica pardilla, en cuanto vino se me pasó el cabreo. Nos bañamos, nos reímos y hablamos de millones de cosas, hasta que me dijo que si lo acompañaba a su casa a traducir una carta. “Jejejeje”, pensaba yo para mis adentros, “sí, sí, una carta, tú lo que quieres es un poco de sal”. Pero llegamos a sus piso, me enseñó las habitaciones, me dejó una carta (¡era real!) y se fue a la ducha. Y salió: ¡vestido!!!

Bueno, no pasa nada, quizás está cohibido, y puede que venga su compañero de piso y no quiere que nos pillen inflagranti. Señal número 3 de que ni siquiera yo le valía el riesgo.

Y aquí si que me cabreé. No va y me dice que haciendo tan buena noche, que por qué no bajábamos a la hamburguesería que había cerca, y así le daba tiempo a irse al curso de salsa aquel viernes, para despedirse de sus profesores. Y yo como una boba, no vi que esta señal luminosa era la número 4 de que yo le importaba un pimiento. Le dije enfadada que yo tenía la cena lista, y que me iba a casa, que adiós.

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El gallego me detuvo y me dijo, que no, que esperara, que cancelaría su clase por teléfono. Y me acompañó a casa. Y yo más feliz que una perdiz, me había salido con la mía. Fuimos a casa, me duché y me puse mucho más guapa. Saqué el vino, la cena, y desplegué al máximo mis dotes de seducción (un poco anquilosadas, por falta de entrenamiento). No había forma de que reaccionara a mis indirectas, así que me declaré a bocajarro:

  • Es que joder, tío, tú no me miras a mí, con los mismos ojos con los que yo te miro a ti!, dije toda desesperada.
  • ¿Perdona, qué has dicho?, ¿no te escuché, puedes repetirlo?
  • Claro que me has escuchado, pero da igual, oye. Ya veo que yo sólo tengo curiosidad por ti, pero está claro que no es mutuo. No pasa nada.
  • ¿De verdad crees que no es mutuo?, ya te dije que lo que más me gustaba de Zúrich era mis clases de salsa, que realmente me lo pasaba bien en ellas. Y sabes que las he cancelado por ti.
  • Pero, pero, sólo lo has hecho porque te lo he pedido…
  • Aquí el que siempre te ha estado llamando, he sido yo.

Entonces en mi cabeza pasaba esto:

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Pero la realidad fue que nos quedamos mirando como dos bobos. Pero ninguno se atrevió a dar un paso adelante, hasta que el gallego me soltó: “mira, yo me voy a Madrid tres meses, y paso de empezar nada. No me veo capaz. No quiero. No sería honesto contigo.”

Le pedí que se quedara a dormir aquella noche conmigo y que no pensara en esas cosas. Me miró a los ojos, me dio un par de besos en las mejillas y se marchó.

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Me siguió escribiendo una semana más. Luego desapareció. No sé ni si está en la ciudad. Y ahora mismo ya se me ha apagado todo lo que sentía. Fue honesto, eso no lo dudo, pero me quedé con muchas ganas de que hubiera sucedido algo, aunque hubiera sido como esas tormentas de verano, que vienen con mucho viento y caen muchísimas gotas en poquísimas horas. Pero no pasó nada. Y mira mejor, porque ¡menudo veranito más guapo que me he pegado!

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La fauna de Tinder

Bueno, con el título admito que me he pasado, porque pobrecillos, tildarlos de animalillos es demasiado. El hecho es que he comprobado que soy muy selectiva, demasiado, y por eso, un mes después de haberme dado de alta en Tinder ya estoy un poco harta de la aplicación. Y no sólo eso, pero que ahora me vuelven a aparecer por segunda o incluso tercera vez los perfiles de la gente que ya había eliminado. Eso es porque ya tengo descartado todo el rango de chicos solteros de Zúrich y alrededores.

Claro, yo soy selectiva, pero ellos (generalizando no lo son tanto).

Vale, lo admito, este vídeo de Pantomima Full es un sketch exagerado, pero es que ya son muchos los que me han confesado que le dan match a todas, para compensar el que nosotras seamos taaaan selectivas.

Pues resulta que buscando en google experiencias de otra gente en Tinder, me he encontrado con que una bloguera ya ha escrito lo mismo que yo hago a continuación: diseccionar los tipos de tíos que te encuentras en la red social. Esta bloguera es Diario de una treintañera y en realidad habla de Badoo, pero es que es lo mismo. Os la recomiendo, porque las risas están aseguradas.

Yo he hecho unas capturas de pantallas de algunos tinderianos a los que me he encontrado, y de forma muy cutre he tachado el nombre de algunos.

En fin, que en Suiza, o más en concreto en Zúrich, te puedes encontrar hombres cuya carta de presentación es que son forofos de los deportes.

Y no hacen deporte en cualquier lado, no. Lo mismo pillan su bici de montaña y se van al glaciar, que bajan en parapente, que se tiran haciendo puenting, que corren en una maratón, o corren y nadan en un triatlón, o surfean en Indonesia… Vamos que son fotos además super artísticas, y a mí me dan bajón, porque no soy nada deportista y no tendríamos nada en común. Si sus tres o cinco fotos de perfil son haciendo deportes, les doy a la X roja de NOPE.

También tenemos la especie tinderiana misteriosa. Su única foto o la mayoría son frases o fotografías de paisajes u objetos.

Además de las escaleras mecánicas, la carretera, lo que pone en la frase es de un resentido que tira para atrás (y mira que el chico era mono, pero con esa frase, pues no). Pone: “duermo por la noche tan tranquilo, porque estoy soltero y sé que nadie me traiciona”.

Fotos borrosas, si me pones una foto borrosa, o con carita de loco, por muy chief, CEO, abogado, doctor que seas y mi dedo te rechazará.

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Los chicos X. Sexo, sólo piensan en sexo y así lo indican muchas veces en su descripción. Publican sus musculitos reales, o fotos de una película, del de las 50 sombras, o de algún actor famoso, o de alguna publicidad.

Los casados (verhereitet, married) en relaciones abiertas, o que ya indican que quieren un polvo de una sola noche, One Night Stand (ONS).

Los que viajan mucho, y además te lo demuestran. Todas sus fotos han sido tomadas en un viaje, y cuanto más exótico y remoto, mejor. A estos la mayoría de las veces los descarto, aunque depende de lo que pongan en sus descripciones.

Los esclavos de las selfies, y que ponen morritos, o que se hacen la foto en el baño o en el ascensor. A estos no los soporto, de verdad, que le pidan a algún amigo que les haga las fotos.

Y ¿qué es lo que me llama la atención para darle en el sentido correcto de la elección? Una descripción realista, un chiste, una sonrisa, algo particular que le haga destacar y que a la vez sea normal.

¿Y vosotras elegiríais a uno de estos chicos?, ¿qué es lo que buscaríais?, ¿cómo descartaríais?…

 

El festival de los polvos de colores

No sé si habéis estado alguna vez en uno de los festivales llamados Holi o Joli. La festividad Holi tiene su origen en la India y se la conoce como la fiesta del amor, de los colores o de la primavera. Allí con polvos de pinturas de todos los colores se pintan las caras y se crean mágicas y multicolores nubes. En Europa se ha convertido una fiesta, principalmente con música tecno, en la que nos consagramos al placer de beber, bailar, y tirar los preciados polvos de colores.

Este fue el primer año en el que asistí a dicha ocasión. Como en años anteriores había llovido, y los polvos que utilizaban suele manchar la ropa, yo me vestí con la ropa más vieja y fea que tenía por casa. Desde la ropa interior, que era lo más anti-erótico jamás visto, hasta la camiseta vieja y las mallas. Yo iba a pasármelo bien bailando con dos amigas, y por supuesto, no esperaba tener la mínima oportunidad de ligar. Qué equivocada que estabas, zuriquesa desatada.

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La fiesta es por el día. En esa ocasión las temperaturas fueron de lo más primaveral, unos 23 grados, sol y nubes. El ambiente en el festival era muy alegre, y litros de alcohol corrían por las venas de las personas que allí danzaban bajo las nubes de colores. Todo el mundo sonreía, con dientes blanquísimos destacando sobre rostros azulados, verdes o morados. El pelo parecía canoso, y las camisetas que antes eran blancas, eran ya un popurrí de colores. Y yo lo pasaba bien, bebía lentamente, hasta que apareció él. Vamos a llamarlo Fabrizio, aunque ese no es su nombre real. Me miró, se acercó y bailamos juntos un poco hasta que se atrevió a entablar una conversación trivial.

Un tonteo, unos temas intrascendentes en italiano salpicadas de alemán, el calor de julio, su barba arreglada, unas cervezas y unos chupitos de Jägermeister hicieron que el ritmo del baile fuera calentándose. Ya no bailábamos a dos metros de distancia, ya estábamos pegados, piel con piel. Yo oía su respiración, olía su piel. Y él empezó a acariciarme y me pidió permiso para besarme. Besos torpes con sabor a tabaco, pero muy sensuales. Y lo que pasó a continuación, ya tendría calificación de relato pornográfico.

Me susurró al oído que si queríamos desaparecer de allí, y me dijo lo que le apetecía hacer. Yo estaba deseándolo, sí, no puedo negarlo, pero sé que actuaba también dolida por el despecho. No sé si recordáis el rechazo que sufrí en la noche de San Juan. Pero yo no lo había olvidado aún, y en los brazos de Fabrizio desaté todo lo que llevaba acumulado. Desaparecimos del recinto, y fuimos al bosque, detrás del parking. Todo fue muy torpe, muy primitivo, muy animal. Buscar el preservativo en la mochila fue una odisea.

En cada mordisco, beso o gemido no paraba de pensar en la otra persona, como si Fabrizio solo fuera un muñeco. Lo utilicé, igual que él me estaba utilizando a mí. Yo sólo era un polvo de una noche, no importaba mi color, fui su polvo de colores. Todo fue muy excitante, salvaje y rápido. Entre matorrales que nos estaban arañando la piel, sobre hojas y ramas de árboles que nos iban marcando. Fue demasiado rápido y me quedé a medias. Volvimos al recinto del festival. Intercambiamos teléfonos.

Una de mis amigas se había marchado, la otra me estaba esperando. Seguí con ella, bebiendo y sin cenar, en una nube. Me sentía poderosa, había conseguido por fin, tener un polvo antológico (me decía a mí misma).

Volvimos a casa mi amiga y yo. Llegué al piso y me pasé toda la noche vomitando. Al día siguiente mi cuerpo estaba todo arañado, me dolían los pezones de sus mordiscos, mis rodillas por las posturas, mi mentón por el roce de su barba. Y dentro de mí me sentía muy vacía. Sentí que no quería volver a hacer algo así.

Fabrizio no me ha llamado nunca. Me da igual. No me importa. Sólo era un bol de gominolas con el que me di un atracón de azúcar y petróleo, algo inútil, pero delicioso. No sé si volveré a hacer algo así, no creo que pueda volver a hacerlo. Yo soy una romántica, y sigo prefiriendo un bol del cerezas.

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Semana de bajona

Mi hermano estuvo de visita, y lo pasamos en grande. Yendo de conciertos, haciendo senderismo, bañándonos en ríos y lagos, y bebiendo y bailando muchísimo. Vamos, que he sido la hermana mayor más enrollada del mundo ever and forever. Estaba en la cresta de la ola.

Por deferencia hacia él no contacté con ningún tinder, pese a los matches que iba acumulando. Pero se fue, y me resfrié a nivel asco. Sí, muchos mocos, tos horrenda, voz de Saritísima Montiel, cuerpo dolorido y agotamiento. Me daba mucho asco. Sí, que me he pasado encerrada una semana en casa, del sofá a la cama, y de la cama al sofá. Mirando tinder, viendo internet y tragándome millones de películas románticas de esas de serie B, de esas que pondrían un domingo cualquiera en la sobremesa de Antena 3.

Por ejemplo ésta. Y lo peor es que me siento retratada con algunos casos, joder, la prota de esta peli está también desempleada, y también lo ha dejado recientemente, y también tiene una compi (en mi caso un compi) diciendo que lo que necesito es un “One Stand Night” con el primero que pase.

Y es que estoy fatal, me ha dado un bajón horribilis.

Canción que retrata mi bajona.

Anoché cociné mejillones, y me acordé del maldito gallego, que ya me vale, hacía siglos que no pensaba en él. Y luego está mi tinder de la cita Disney: que me rebajé el otro día y le volví a escribir. Pero no me contestó. A éste fuera, lo tachamos de la lista. ¿Por qué los suizos son tan educados y sosainas que no por no decir que no les gustas, te siguen la corriente y sólo desaparecen?

Probé a escribir a otros chicos (un italiano, un español, dos suizos), e incluso invité a tomar unas cervezas para este viernes a otro, con el que llevaba hablando dos semanas. Pero nada, sé que lo ha leído, estamos conectados en messenger, lo ha leído, pero ya es viernes y no contesta.

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Pero vamos en serio, tíos, jooooodeeeer, que estoy buenísima, y salidísima, y molo mogollón. ¿Ni siquiera os apetece una noche lujuriosa?, ¿o una tía de conversación inteligente, divertida y friki?, ¿cómo podéis estar tan sobrados?

Bueno que os den a todos. Vosotros os lo perdéis. Este finde me iré con amigos y amigas a bailar, esta noche y el sábado que estaré en Vevey de despedida de soltera. No os necesito. Faltaría más. Sosos, aburridos, no valéis pá ná.

Tres citas tinderianas

Tres días, tres citas. Así puedo resumir mi fin de semana. He estado como en la cresta de una ola, pero ya he bajado al mundo real, y no todos los días podían seguir así.

Mi primera cita fue una grata sorpresa. Trato de analizarla lo más fríamente posible, porque aún en mi recuerdo están grabadas a fuego las escenas de las películas románticas de Disney, y es muy difícil zafarse de eso.

El día anterior, B me propuso quedar a tomar una cerveza el viernes. Escogió Kaffi Schnapps. No demasiado hipster, pero sí un local modernillo, de los que me gustan. Alejado del centro, con cerveza zuriquesa y buen ambiente. Tomamos una primera ronda de cervezas rubias y yo estaba bastante nerviosa. Era mi primera cita en siglos, si exceptuamos las que tuve con el gallego, pero cómo él no supo que aquello fueron citas, no es lo mismo.

No me maquillé más que los labios (rojos) porque quería ser lo más natural posible, pero tener este punto sexy-segura de misma.

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Hablamos de millones de cosas. Pedimos una segunda ronda, ahora de cervezas tostadas, y seguíamos hablando de jardinería, de excursiones, de los viajes que ninguno habíamos hecho aún. B. es agradable, guapo, tiene el pelo rizado, es alto. Me habla en suizo y yo le respondo en alemán.

Ya no estoy tan nerviosa a su lado, de hecho estoy cómoda. Tomamos una tercera ronda, y de repente me percato de que ya son cerca de las 20h. Se supone que B tenía que marcharse. Se lo digo, y me comenta que su amigo ha cancelado los planes, que está libre y que si nos vamos a tomar una pizza. Debo de haber pasado la primera prueba, ya que ese “plan” tenía pinta de ser una salida de emergencia: por si yo era una psicópata o por si yo no le caía bien.

Cenamos y seguimos hablando mientras fuera se desataba una tormenta. No en sentido figurado, caían rayos y truenos, y el viento había tirado algún árbol. Pero yo, en aquel restaurante, estaba como dentro de una burbuja. Llega la hora de pagar, insiste él. Mierda, no me gusta que paguen por mi cubierto. Insisto en pagar, y al final cedo, poniendo como condición que haya una segunda cita. Nos despedimos con dos besos en las mejillas, castos. Sé que me apetecía algo más, pero no irme con él esa noche a su casa. Pero sí alguna señal de que yo le estaba gustando, igual que él me estaba gustando a mí. De camino a casa le escribí agradeciéndole la cita y deseándole un buen finde (tenía boda, me dijo).

Conclusiones en frío: aún no me ha escrito. El efecto Disney se está diluyendo, y ya estoy desdibujando su cara. No me pidió mi número de teléfono. Este creo que ha hecho mutis por el foro.

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Mi segunda cita fue un auténtico desastre. Bueno podría haber sido una hecatombe, pero ahora explico por qué. Hay otro chico que llamaremos Ba (para diferenciar de B.) con el que me estaba escribiendo y lo invité a ir a la fiesta de Idaplatz el sábado, pero no aparecía conectado en messenger desde el viernes. Como no contestó, y tenía otro match que no paraba de escribirme, al que llamaremos Ma, y también lo invité a venir. Con lo cual a las 18h de la tarde, me estaban confirmando por un lado Ba y por otro Ma, su asistencia a la fiesta. A ambos les había dicho que había quedado con mi pandilla de amigos, es decir, no era una cita al uso. Pero claro, cómo se ocurre invitar a dos personas al mismo tiempo.

La razón por la que Ba no me había contestado antes, es que se había ido a las montañas, y no tenía cobertura (me escribió regresando en tren). Afortunadamente para mí, llegó a su casa, se duchó y se durmió en el sofá. Antes incluso de que ocurriera esto, él estuvo tanteando el terreno para quedar a desayunar el domingo. Así que tuve a Ma para mí sola aquella noche.

No es que Ma fuera feo, o antipático, o que no fuera friki, es que NO nos entendíamos. Resulta que hablaba español, perfectamente. Lo estudió en Alcalá de Henares. Pero no había forma de mantener una conversación para conocernos. No conectamos. Le cayó muy bien a mis amigos. Cada uno a su casita. Yo no le he vuelto a escribir.

Conclusión: quizás escribirnos unos días antes para ver cómo es esa persona, no hubiera sido mala idea.

Tercera cita, sí, el desayuno. Y Ba me escribió a las 8h de la mañana, qué madrugador. Yo a las 10h, y en 30 minutos me había plantado en Idaplatz. Tomamos el brunch, hablamos, reímos y me cayó genial.

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Fue el más friki de los tres, el más inteligente, divertido e interesante. Pero no me atrae. Así, sin rodeos. La duda es si me quiero convertir en una persona que usa a otras como objetos de usar y tirar, o sencillamente rodearme de nuevos amigos (que ya a los otros no los tengo ni tiempo de ver), o qué quiero hacer con este chico. Tal vez le dé la oportunidad de otra segunda cita. Me escribe todos los días, y es muy majo.

Conclusiones generales: mierda, a quién quiero engañar. Yo sí que quiero volver a enamorarme, volver a sentir ese cosquilleo. Y esta herramienta de momento no sirve para eso. O es esta puñetera sociedad la que ya no me va a dar eso. Porque aquí todo el mundo usa al otro para su conveniencia, ya sea para no estar solo, o para el sexo fugaz.