Química cero en ElDorado

No hacía ni dos meses que estaba buceando en mi soltería, que decidí quedar con un compañero de una de las asociaciones en la que estoy que me parecía interesante. Quería conocerlo más. Me parecía un chico mono, y me dije, que quizás a él yo podía caerle en gracia. ¡Ja!, ¡qué ilusa!

Con la excusa de la política, le escribí por privado y quedé para tomar unas cervezas en un bar que me encanta. Los 100 tipos de cervezas artesanales de ElDorado a nuestra disposición podían impresionarle, ¿no?

En nuestra conversación de Messenger ya se olía la falta de interés, pero yo ni me enteraba. Habíamos quedado a las 18h. Pero dos horas antes me escribió para retrasar la hora, ya que saldría más tarde del trabajo. Hasta ahí todo normal. Posponía nuestra cita a las 19:15h (esa precisión suiza). Esa tarde se puso a diluviar, caían chuzos de punta. Y a eso que yo me estaba retrasando 4 minutos. No más, lo juro. Estaba llegando al bar, cuando el tío me escribe un: “yo ya estoy aquí, pero si quieres, como llueve tanto, lo dejamos para otro día”. Yo ya estaba entrando por la puerta cuando leí su mensaje y me contuve para no darle con el paraguas en la cabeza. ¿En serio? Señal clara y definida número uno de que no tenía mucho interés.

 

(Os paso este vídeo de 2 horas de lluvia relajante, así en bucle, por si os aburrís leyendo mis historias)

Bueno, ya estaba allí. Pedí una cerveza islandesa, y él una botella de agua. ¿Agua?, ¡agua!!!!! No es que tenga nada en contra de los abstemios, pero pagar por un agua… pídete al menos un zumo, que vas a pagar 5 CHF. Señal número dos, quería estar perfectamente sobrio y no relajarse.

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Tampoco se trataba de hacer un Oktoberfest en medio de la semana….

En fin, tras unas conversaciones políticas de lo más interesante (de verdad, que eso fueron), en la que el susodicho se dedicó a esquivar el contacto visual conmigo (uyyy, señal número 3), pasamos a hablar de otros temas más personales. Sobre su vivencia como emigrante, sobre como se sentía en este país, y el por qué no era 100% feliz y lo que le faltaba, o le sobraba del trabajo. Por fin me miraba a los ojos, poco, pero ya lo hacía. Bieeeeen. Y cuando le iba a proponer si quería que fuéramos a cenar algo por ahí y seguir hablando, va y me dice que :”gracias por la tarde tan estupenda, me voy a ir un rato al gimnasio. Otro día nos tomamos ya en serio otra cerveza”.

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Y hasta aquí mi cita desastrosa. Claro que se fue al gimnasio y nunca más hemos vuelto a quedar. Mi cara debió ser un poema. ¿Cuántas calabazas necesito más para hacer una buena sopa?

La noche de San Juan

Es la noche más corta del año, y yo no puedo dormir. Hace muchísimo calor. Calor en cada parte de la casa, en la cama, en el salón, en mi cuerpo.

Te has marchado, y no has querido quedarte. Me preguntabas si me habían dado muchas calabazas en mi vida. Las mayores calabazas me las he dado yo a mí misma, con el “no le gusto”, “no puedo”, “no sirvo”, “no soy bonita”, “no se ha fijado en mí”. Y es estúpido, porque hoy vencí muchas barreras y te lo confesé todo, te intenté tentar, pero no quisiste quedarte.

No hay hogueras que saltar aquí. Pero en mi interior hay fuego. No sé si has apagado algo, o sin pretenderlo, estás avivando la llama. Ten cuidado, puedo quemarte o puedo quemarme.

 

Mi primera boda como soltera

Hace unos meses me decidí ver si era realidad eso de que en las bodas se puede ligar un montón. Yo iba a estar en casa de mis padres sólo un fin de semana. Lo justito para estar en la boda de mi amiga Fina, “echar una canita al aire” y estar con la familia.

El viernes, el día que aterricé, lo primero que hice fue pasar por la peluquería: nuevo corte de pelo, tinte, depilación, masajes. El día de la boda, el sábado, me sentía hiperguapísima y segura de mí misma. Llevaba una falda de flores, zapatos de tacón de color verde y una blusa amarilla y pendientes amarillos (el color amarillo era un requisito indispensable para todos los invitados en la boda, ya que era un deseo de los novios, Kill Bill mediante).

Primero disfrutamos de una preciosa ceremonia en una ermita en el campo al sol, rodeados de almendros y palmeras. Luego fuimos al cocktail previo al banquete nupcial. Iba con varias parejas de amigos y era la única soltera del grupete.

Me sentía libre, no tenía que conducir, ya que me iba a recoger mi hermano aquella noche. Eso significaba que podía beber aquel día, y desinhibirme, perder la vergüenza con algunas copas de vino. Fina es una pequeña Willy Fog (¿o debería decir una pequeña Nellie Bly, la mujer que dio la vuelta al mundo en 72 días en 1889?) y ha recorrido medio mundo trabajando y estudiando, y ha hecho amigos por todas partes. Los invitados éramos también muchísimos emigrados por la crisis, además de muchísimos amigos guiris. Me sentía en mi salsa, chapurreando varios idiomas.

A esto que la noche iba avanzando y la hermana del novio nos distribuyó a todos los solteros de las mesas unos pergaminos con unos mensajes. En ellos básicamente nos deseaban poder disfrutar de un amor como el suyo, y nos invitaban a perder la vergüenza y hablar al chico o chica que nos había gustado aquel día. Había un código, que consistía ir a la barra libre y decir la frase clave: “qué buena noche se está quedando”. La respuesta si era afirmativa, podría ser un “sí, parece que está despejada”. En cambio si la persona que te había dedicado unas palabras no te gustaba, podías siempre responder con un metereológico “pues no, hay nubarrones” o un “pues yo creo que va a llover”.

Yo ya me había fijado en un chico con una corbata roja y para hacer felices a los novios, se había puesto unos deportivos amarillos. Era amigo del novio, así que yo no lo había visto nunca antes. Empezó el baile, con un grupo de música indie-rock en directo y sonaban canciones como:

Y yo me acerqué a su grupo de amigos (con más de la mitad había coincidido ya en la mesa del convite) y él se marchó. Me dije, “uy, qué mala pata, se ha ido justo ahora”. Seguí bailando. Regresó del baño y me acerqué a él. Y por segunda vez se marchó. Vaya, otra casualidad, ¿no?. Al ritmo al que yo me iba bebiendo los gintónics, creo que no podía discernir mucho si todo eran imaginaciones mías, o realmente este muchacho estaba huyendo de mí.

Seguí bailando y disfrutando del momento con mis amigas. Pero yo ya no dejaba de mirarlo y me parecía cada vez más mono. ¿Qué narices era lo que yo quería en ese momento? Acababa de salir de una relación en la que ya no me sentía amada, ni admirada. Sólo necesitaba un affaire, quizás un poco de tonteo, unos besitos, y quién sabe, si mi educación puritana no me lo impedía, porqué no, una noche loca. Yo el lunes me marchaba de nuevo a Zúrich y no quería complicaciones, ni relaciones a distancia.

A esto, que el chico de la corbata roja y deportivos amarillos se fue a la zona en la que estaban los cactus en sus pequeñas macetitas amarillas, rebuscando junto a una amiga suya de un precioso vestido azul, qué minicactus se iba a llevar a casa. Y me acerqué, quería entablar una conversación con él, y quién sabe qué podría pasar si había química entre nosotros. Se cruzaron las miradas, sonreí, me sonrió y se marchó.

-“Mecachis, tu amigo se ha marchado y no he podido hablar con él”, dije toda tristona.

-“Ah, ¿en serio?, ¿pero que te mola Roberto?, ¡qué guay!, ¿eres de las de la noche despejada? Espera un momento, que te lo traigo aquí ahora mismo” respondió su amiga, toda alegre.

Y esperé, esperé, y aquellos minutos fueron eternos. Pero allí no vino nadie. Toda indignada, me fui para mi mesa. Enfurruñada me senté cual Bridget Jones rechazada por su Daniel Cleaver de pacotilla. En esto vino su amiga de azul, y me dijo que lo sentía pero que Roberto estaba en una situación muy complicada, y que no podía, ni quería hablar  conmigo. Así, sin una conversación de por medio, sin conocerme.

Primero me cabreé muchísimo. Vaya nubarrones, ¡qué pedazo de chaparrón me había caído encima!, aunque en realidad no lloviera. ¿No quería ni hablar conmigo que tenía que enviar a una intermediaria para hacerlo por él?, ¿tan fea soy?, ¿me olía el aliento?, ¿llevaba algo entre los dientes?, ¡malditas películas de Julia Roberts!, ¡esto en Holywood no pasa!

Fue un varapalo para mi autoestima tan quebradiza, pero me sirvió como un puñetazo que me devolvió a la realidad. Sin olvidar que los hombres también tienen sentimientos, que tienen todo el derecho del mundo a decir NO, incluso aunque se lo pongan tan “a huevo”. Que mi actitud estaba siendo totalmente machista, infantil y acosadora. Moraleja: el amarillo no me trae suerte, pero beber demasiado alcohol tampoco, que menuda resaca tuve aquel domingo.

 

¿Quién soy?

Estos días me he planteado la necesidad de escribir en un segundo blog.

No es que en mi blog tenga miles de seguidores, ya que son sólo unos cientos. Pero necesitaba cierta intimidad para expresar mis sentimientos en estas otras páginas.

Sé que no soy una buena escritora. Sé que este tema no le interesa a nadie, pero a veces conviene desnudar el alma.

Estoy soltera. Después de 15 años junto a un hombre maravilloso, y después de mucho tiempo de meditación, decidí dejar una relación en la que me encontraba estancada. Allí me ahogaba, me apagaba. Decidí esta parte del camino sola. Y no está siendo nada fácil. Me están ocurriendo cosillas que a mi edad (36 años) me hacen sentir otra vez una adolescente. ¡Qué difícil es volver a ligar!, ¡y a pillarse emocionalmente por alguien!, ¡y echar de menos no estar sola!

Este segundo blog será mi bitácora de soltera. Mis “aventuras”, mis tropiezos, el descubrimiento de mi soledad, mi crecimiento como persona completa.